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Me enterraste.
No me sacaste de tu vida, no,
me enterraste.
Me abandonaste bajo tierra.
No me dejaste, sin más, ir.
Me enterraste.

Me echaste tierra encima.
Nerviosa,
desencajada,
precipitadamente,
indecorosamente,
con miedo de perderme.
Me arrojaste encima lo primero que tuviste a mano.
Los argumentos de tu padre y de tu madre,
los que escribieron en ti,
día a día,
durante toda tu vida.
Quisiste ocultar eso que yo había sido para ti, “tu amor eterno”

Te agarraste al primero que encontraste en el camino,
traicionándote,
alejándote de tu meticulosidad,
esa misma que empleaste para escogerme,
incubarme,
desearme en secreto,
esperarme durante años,
fuera de todo pronóstico,
sin esperanza.
Una precisión que te elevaba,
que te hacía virgen,
una virgen misteriosa y admirable.

De eso te rebajaste a ramera.
Te entregaste al mejor postor,
a quien engordara contigo,
una cuenta-vivienda.

Pero, algún día, saldré de la tumba.
Una piadosa azada escarbará sobre mí,
y me encontrará
sin buscarme,
inesperadamente.
Una azada de aburrida tarde de domingo familiar.
Una azada hecha de pañales usados,
de sexo por certificado.

Una azada que buscará desesperadamente,
un túnel de huída,
una salida de emergencia,
una escapatoria subterránea,
para huir del campo de concentración al que huiste,
en tu precipitada fuga del campo de batalla
de nuestra relación.

Huyendo de mi,
De la confusión que mi confusión te generó.
Huyendo de ti misma,
con el miedo que mis miedos generaron en ti.

Huiste precipitadamente,
de la misma manera que unos años antes huiste hacia mí.
inmadura,
para alcanzarme.
Ta inmadura como las verdes manchas,
que me salpicaban,
me afligían,
me torturaban.
Esas mismas manchas que me unieron a ti,
devoraron nuestro amor,
lo hicieron imposible,
y luego
me hicieron sufrir
increíblemente,
inmensamente
tu pérdida.

Y ese día,
saldré del cementerio de tu  memoria,
para tu sorpresa,
para tu aflicción.
Saldré de día
–siempre he amado la luz–.
Pero, tras un breve momento de vacilación,
me ocultarás.
Dejarás transcurrir el domingo,
en aparente
paz
familiar.

Esta vez, sin embargo,
Me reservarás,
para catarme en solitario,
en la consoladora humedad de tus dedos entre tus piernas,
cuando él se haya vuelto,
satisfecho,
tras cumplir con tus obligaciones matrimoniales,
y librarte de su pegajosidad
en una sesión de bidet.

Me harás salir tú misma,
dulcemente,
de la profundidad del hoyo donde me introdujiste,
tras confirmar
que él duerme.

Y saldré,
con la fuerza de los recuerdos fermentados,
con el impulso de la sensualidad rememorada.

Y vendré,
volveré,
de la única tierra que nos acoge sin pasaporte,
que nos da refugio final sea cual sea nuestra ideología,
sin mirar nuestro origen.
Retornaré de la tierra de donde no ha vuelto nadie jamás,
y,
por eso mismo,
no habrá guardias que obstaculicen mi paso,
que me exijan visado.

No habrá nadie que te recuerde lo malo que fui.
Nadie podrá mancillar mi recuerdo impoluto.
Tendré a mi favor, en popa, el viento del misterio.
La perfección de los recuerdos,
de los epitafios,
el respeto eufemístico que tenemos para con los muertos,
la conmiseración que tenemos para con los fallecidos.
Tendré un perdón temeroso,
temeroso de venganzas de ultratumba,
del futuro que olvidamos
mientras podemos.
Y emergeré en medio de tu jardín,
Entre tus tristes margaritas,
entre tus adoradas nomeolvides.
Y me comeré a tu marido,
A tus hijas e hijos,
y también
a tu perrito.

Tú misma me alimentarás,
me darás delicadamente de comer,
todo eso que te alejó de mí,
todo lo que un día despertó tu apetito
y que mi frugal dieta te negaba:
una vivienda en propiedad,
una boda por la Iglesia
y un respetable puesto de trabajo
entre funcionarias rancias y amargadas.

Y venceré
Fácilmente esa lucha,
fácil batalla,
con ventaja.
Será una victoria cantada de antemano,
proclamada por nadie,
pues no habrá nadie cuando yo aflore,
los vigilantes dormidos.

Tendré la fuerza de un resorte,
de la goma que tú misma
tensaste
en tu precipitada huida
de mí.

Te daré todo:
la resurrección de un amor muerto antes de tiempo,
el retorno de la pasión más intensa que nunca has vivido,
del primer amor,
que multiplicarás,
irremisiblemente
por la necesidad de
hacer de tu vida algo de provecho,
deseando quitarte
esos años que te arrugan. 

Seré el amante perfecto,
el que nunca te fallará,
pues me resucitarás a tu medida y capricho,
cuando el amante oficial te decepcione.

Y podrás disfrutar,
padecerás,
un auténtico
y eterno
Amor Zombie.

Ger GERTZEN