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Entre mis días de inquietudes, inestabilidades, insatisfacciones…siempre soñaba con algo que me hiciera salir de aquel mar de muerte lenta.

Había probado de todo: la caza, el mar, viajar por largas temporadas, contactos con jóvenes mujeres, el alcohol, otras drogas… ¡Nada me hacía salir de aquél vacío!

Un día, como si yo estuviese destinado para ello, en un largo viajo que hice, solo, a caballo, vi unos ojos… ¡Aquellos ojos!

Más tarde volví a verlos. No en el rostro de una joven como la primera vez, sino en el de un gato que se vino a poner en la ventana de mi buhardilla. Empecé a verlos una y otra vez, llegué a soñar con ellos, me veía envuelto en esos ojos, danzando con ellos una alegre danza… quizá un vals.

Otras veces se me aferraban, me sacaban todos los pensamientos, me interrogaban, luchaban conmigo y me vencían, despertándome jadeante, sudoroso y con el lecho convertido en restos de campaña.

Los veía en un fondo rojo de sangre palpitante, en un fondo negro como la pez, blanco níveo…

Los veía vidriosos, crispados, armónicos…

Mermaba de día en día, mi cuerpo buscaba los ojos, no dormía apenas, llegándoseme a formar bolsas negras bajo mis ojos. Devolvía todo lo ingerido, la cabeza me estallaba de debilidad, perdí la noción del tiempo y la casa por no pagar el alquiler. Estaba más pálido de día en día, y… mis ojos…  ¡Mis ojos!  ¡Se iban tornando verdes!

Aquello me dominaba… Intentaba encontrar jirones de rezos en mi desorientada cabeza… Sabía que aquello, por bueno que pareciera por momentos, no debía dominarme… Oía aquel vals, creí que, incluso, salía de las cuerdas de mi empeñado violín, de las de mi primera guitarra.

Recuerdo que luché con ello, me envolvía más que nunca… Hasta lo sentía en el cuerpo… Las imágenes volaban en mi mente, abriéndome cada una de ellas con un adfilado cuchillo… me rasgaban.

Di vueltas en un inacabable remolino… Una gran orquesta tocaba el vals… Miraba fijamente aquéllos ojos, no veía nada más.

Entraron en mi alma… Oí el romper de cristales, sentí un choque.

Algo se quebró en mí… Pero, súbita y simultáneamente, me envolvió una sensación de paz, de libertad, como de volver a nacer. No veía nada, dejé incluso de oir aquella envolvente música…

- ¡Señor!  ¡Señor! – Dijo una dulce voz mientras alguien me agitaba.- ¡Ya despierta!  ¿Quién será?  ¿Qué hacía en aquel callejón tirado como estaba?  Está débil ¡Cris! ¡Trae algo de comer!  ¡Ya sé, un caldo!-

Había vencido… Los ojos habían sido derrotados.

Ger GERTZEN